Vigilia y tormento en la cola del Coto

Quise aprovechar el feriado para hacer la compra del mes, que dura una semana. Fui al Coto de Barracas, montado en el edificio de la antigua Editorial Kraft, en donde funcionan dos pisos ya preparados para el rebrote de Navidad.

Después de ofrendarle al supermercado una hora irrecuperable de mi existencia, me entregué ilusionado al sector de la carne, que es una de las armas principales de Coto –entre otras– porque es dueño de frigoríficos.

En las heladeras encontré conejo trozado, lechuza ahumada y hasta un cabrito entero en una caja de colores que parecía contener fuegos artificiales para todo un pueblo porque salía 100 dólares al tipo de cambio oficial.

Pero faltaba carne, y cuando hablo de carne no me refiero a esos cortes boutique envasados al vacío en paquetes con alarma que en cualquier momento los electrifican. Hablo de la carne que se consume fuera de Instagram.

En un extremo de la fila de diez heladeras había unas quince personas alrededor de un carro que había arrastrado el repositor de carne. Ya de por sí es extraño ver a un grupo de personas con barbijos rodeando algo que no sea un monstruo, pero me llamó la atención que la gente se mantuviera impávida, sin revisar siquiera las bandejas que sacaba y ponía el tipo.

Me asomé para ver qué me esperaba en el carro y me detuve en las bandejas con etiquetas que decían “Hueso con carne”. El orden de los factores sí altera el producto, porque eso no era carne con hueso sino hueso con carne. Me iba a disponer a pensar en el desamparo de un país que vende hueso con carne pese a tener una densidad de vacas por kilómetro cuadrado veinte veces mayor a la de terminales para cargar la Sube, pero el tipo apareció de nuevo con el carro. Otra vez hueso con carne mezclado con bandejas de entraña al mismo precio que en Zúrich.

La gente no agarraba ninguna de esas bandejas, esperaba otra cosa, quizás algún término medio.

Miré el reloj para ver si se acercaba alguna hora en punto en la que tal vez el repositor apareciera vestido de Papá Noel. Faltaban dos minutos para las cinco así que esperé, y por prejuicioso creí que mi espera era diferente a la del resto.

A las cinco cero dos volvió el repositor vestido como antes y sin novedades.

Como un mecanismo de autodefensa di unas vueltas por la sección de tecnología y vi un televisor en oferta que costaba no más de cuatro cabritos. Me imaginé a un paisano que estacionaba su Rastrojero sobre la avenida Martín García para descargar sus cabras bebé a cambio de un Hitachi de 42 pulgadas.

Antes de irme eché un último vistazo a la zona de la carne. La gente seguía ahí, esperando.

Periodista.

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