Sin bocadillos en la nevera

Desperté con un hambre del demonio y fui directo a checar si en la nevera quedaba algún bocadillo.

–¡Maldita sea! –exclamé cuando descubrí que dentro del pequeño refrigerador sólo había un refresco por la mitad. En las alacenas no hallé más que cáscaras de cacahuates.

Mi mente comenzó a imaginar un desayuno repleto de panqués, emparedados, pasteles de fresa, tocino y rosquillas.

–¡Rayos! –grité cuando advertí que llegaría tarde otra vez. No eran tiempos de perder mi empleo.

Me puse la chaqueta y salí del apartamento con el estómago vacío. Caminé por la acera contemplando los rascacielos y la belleza de la mañana de González Catán. Cuando recordé que no me había rasurado justo llegué a mi trabajo, una gasolinera que todavía conservaba el cartel de Esso, anaranjado por el paso del tiempo.

–¿Qué cuentas, chaval? –le pregunté a mi compadre que ya estaba cargando gasolina en un carro aparcado junto al mini súper. Mi colega me miró como lo habría hecho un bandido a punto de lanzarme un cuchillo.

–Dejá de hablar como un pelotudo y ayudame que está lleno de autos.

Periodista.

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