Santi saca el iPhone en Diagonal Norte para chequear las historias de Instagram antes de volver al trabajo cuando se le acerca una persona.

–Varón –le dice un muchacho con tonada centroamericana al que percibe con el rabillo del ojo. Como un policía que desenfunda ya como acto reflejo, Santi se lleva el celular al bolsillo y amaga con caminar. El muchacho se da cuenta y tiene milésimas de segundo para convencer al otro de que no es un ladrón. Para eso no puede decirle que se quede tranquilo, que no tenga miedo, que no viene a robar, porque ya no podrá sacarle de la cabeza la imagen de un asalto–. Con todo respeto, mi estimado. Necesito llamar a mi madre, que no tiene noticias mías desde hace seis meses. ¿Podrá prestarme su celular un segundico, mi estimado? Le pagaré la llamada.

A Santi se le acelera el pulso cardiaco tanto por la sorpresa del encuentro con el desconocido como por la velocidad con la que le suelta el discurso. Se imagina a la madre del tipo este, con las patas hinchadas en una palangana con agua y sal en algún rancho destrozado por algún huracán caribeño y cooptado por las gallinas con libertad ambulatoria.

Las gotas de transpiración que le corren en la frente no explican del todo que en sus entrañas se disputa la batalla entre la desconfianza generada por la posible pérdida material y la solidaridad, la empatía y todas esas virtudes que no le nacen a uno cuando lo que está en juego es un iPhone.

Si deja que el tipo haga usufructo de su propiedad privada pueden ocurrir dos cosas. Que efectivamente llame a la madre, y si la desgraciada tiene señal o no ese no es su problema porque ya cumplió. También puede perder un año de salario en un segundo y sentirse como esas viejas que le dan cincuenta mil dólares al gasista que se hizo pasar por un amigo del nieto.

El caribeño, si es que nació en el Caribe y no practicó el acento en Escobar, le vino a arruinar el año. Por culpa de él se está debatiendo si es bueno o si es malo, cuando hace un instante estaba mirando fotos y videos de gente en cuero en una pileta y nadie ponía en duda su buena voluntad.

Santi no quiere ser vil pero tampoco quiere ser boludo. Se acerca al muchacho y le da una trompada en la boca. El caribeño cae y el impacto hace el ruido de un pote de helado de cinco kilos que alguien acomodó mal en el freezer y fue a parar al piso. Santi agrega unas patadas en el vientre y en las costillas.

La gente que pasa al lado se queda inmovilizada y si pasara un vendedor de pochoclos se arrojarían encima del carrito. Un solo tipo se acerca y da una patada para colaborar.

–Chorro de mierda –dice el hombre y se aleja por la diagonal.

Cuando el caribeño está sin aliento, Santi se agacha y le habla con docencia mientras lo ayuda a incorporarse.

–La próxima vez robámelo. No me lo pidas porque me haces sentir que soy un mal tipo por no prestarte mi celular y yo después tengo que andar por la vida cargando con esa culpa.

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