Cómo terminar con la grieta

Tengo la solución para el principal problema de la Argentina, que no es la pobreza, ni el hambre, ni ninguna de esas pavadas. Es la grieta, que se convirtió en los últimos años en el principal factor de división de los argentinos, hasta para los que no aprendimos a dividir ni multiplicar.

Nos cuesta escuchar al otro, entenderlo a pesar de las diferencias y no partirle un fierro en la cabeza por las pelotudeces que dice. La grieta se metió en nuestros hogares y nos impide conectarnos, igual que Telecentro. La política acaparó todas nuestras discusiones y hasta dejamos de tener sexo, algunos desde que nacimos.

En nuestro país el debate de la cosa pública se convirtió en una cosa púbica sin depilar. Hablar con otro compatriota es más incómodo que viajar arrodillado en un Plusmar al lado de la puerta del baño después de que todos los pasajeros se tomaron la Cepita que te dan como almuerzo.

El inconveniente es que 5 de cada 10 argentinos tiene razón y el resto también, pese a que cree todo lo contrario. En este contexto es peligroso dar un paso adelante porque más adelante está el precipicio.

El tema ya fue abordado desde diversas ramas, por los monos que habitan en las copas de los árboles. Los constructivistas aseguran que para cerrar la grieta hace falta abrirse a otras opiniones, no ser intransigente y comprar una tonelada de enduido. Los conductistas proponen cursos de manejo de la ira, para aprender a conducir enojados y pisar gente por la calle. Los positivistas ya se fueron del país.

El punto más complicado para terminar con las divisiones es el de la autocrítica, un componente que los argentinos no tenemos y no se puede descargar por internet. La autocrítica es a los argentinos lo que el gasoil a una patineta. Y lo peor de todo es que tampoco se consigue teniendo un contacto en el Estado.

Ya que esperar que los políticos cierren la grieta es como pretender que el lobo no se coma a Caperucita por una cuestión de género, los ciudadanos debemos agarrar el toro por las astas e imponerle nuestras ideas por la fuerza. Si el toro nos da miedo probemos con un animal más doméstico, como un perro, un gato o un chupacabras. Hay una bestia salvaje con la que no nos va a servir el procedimiento: el argentino. Al argentino no lo convence la fuerza, es como Darth Vader.

Pero yo descubrí un arma tan eficiente como tirar un sanguchito de miga en el medio de la sala de periodistas de la Cámara de Diputados para evitar que miren la sesión. En toda discusión hay que ceder un poco, pero con el argentino si cedemos la mano nos agarra el codo. Por eso hay que ceder del todo. Por más porfiado y taxista que sea el otro, hay que darle la razón. El argentino lo que busca es tener razón pero siempre y cuando el otro se la quiera disputar. No tiene tanto atractivo si se la dejan servida, como en Tinder. Entonces si le damos la razón el argentino a la larga se aburrirá y volverá a poner su libido en el bien común, en la solidaridad y en el TC 2000. Existe la posibilidad de que esta herramienta falle, como pasa con la democracia, la Justicia y los destornilladores a pila. Pero es la única manera de terminar con los dogmas y devolverle a la patria un poco de la racionalidad que perdió allá por 1810 cuando decidió nacer. Estoy seguro de que tengo razón y si a alguien no le gusta, tiene razón.

Periodista.

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