–Tengo un asunto en el edificio en el que vivo que me está complicando la vida cotidiana, y no sólo a mí, sino al resto de mis vecinos –dijo el hombre de anteojos luego de revolver el café edulcorado que le acababan de servir–. Acudí a su consulta porque mi abogado, que es quien me lo recomendó a usted, no pudo encontrar una solución, sin mencionar que tuvimos un entredicho porque no se tomó el tema con seriedad.

El abogado asintió y se acomodó la corbata de seda.

–Dígame, ¿cuál es el asunto que lo tiene a maltraer?

–Vivo en un edificio de ocho pisos en la calle Posadas. Por cada piso hay tres unidades funcionales. Como en la mayoría de los edificios, los espacios comunes son el palier, el ascensor y los pasillos de cada piso, además de una terraza estrecha en la que algunos de los vecinos tienden su ropa. Desde hace un tiempo venimos con un problema con uno de los vecinos, más precisamente el del sexto C. Curiosamente nos costó bastante tiempo y esfuerzo averiguar que el problema en efecto lo teníamos con el vecino del sexto C. Porque primero tuvimos el problema y después identificamos la fuente del problema. No lo quiero marear, pero la cuestión es que de un tiempo a esta parte, los espacios comunes empezaron a verse alterados. Con detalles, pero que en el día a día a uno lo pueden volver loco. Me voy a explicar. Como sabrá, mucha gente, si es que confía en la buena fe de sus vecinos, como lo hacíamos en nuestro edificio, suele dejar el paraguas mojado, recién traído de la calle, en el pasillo al lado de la puerta de entrada de su respectivo departamento. Esto puede molestar a gente de otros edificios pero en el nuestro fue una costumbre aceptada, más que nada para no dañar los pisos interiores de los departamentos, que muchas veces, en nuestro barrio al menos, suelen ser de madera. Y el agua es enemiga de la madera. También se hizo costumbre, en esos días de lluvia y por la misma razón por la que los paraguas son abandonados temporalmente en el pasillo, dejar durante la noche los pares de zapatos mojados reposando en el exterior de cada propiedad. No pretendo que se haga una mala imagen de la gente que vive en mi edificio y para ello le aclaro que los pasillos son muy anchos, no va uno esquivando zapatos ajenos cuando quiere tomar el ascensor. Además hay un tercer objeto que está permanentemente en el pasillo y para eso se inventó, que es el felpudo. Casi todos los vecinos de mi edificio cuentan con uno y no creo haber visto uno igual a otro, y eso que en el edificio hay veinticuatro unidades funcionales. Hago esta aclaración por lo que voy a relatar a continuación, que es el motivo por el cual lo contacté. De un tiempo a esta parte, como le decía, los respectivos paraguas, felpudos y zapatos y demás tipos de calzado comenzaron a aparecer misteriosamente delante de la puerta equivocada. Me ha pasado en severas ocasiones enfrentar la situación insólita de salir al pasillo a buscar mi paraguas negro y mis mocasines marrones y encontrarme con un paraguas a lunares de la señora del octavo A y las zapatillas deportivas de la chica del primero B. Además de encontrarme en más de un ocasión con un felpudo que en vez de tener la leyenda Welcome, como sucede en el felpudo que tengo hace ya una década, tenía otro tipo de inscripción. Una vez, de hecho, me topé con una alfombra que dice Peligro. Imagínese salir de su casa y leer Peligro antes de dar el primer paso. Estas desdichas nos ocurrieron a muchos vecinos en el último tiempo y para encontrar al bromista tuvimos que hacer guardias nocturnas en cada día de lluvia, puesto que no disponemos de cámaras de vigilancia en los pasillos justamente para respetar la privacidad que paradójicamente nos fue invadida. En una de las guardias, que no fueron pocas, yo personalmente, pese a que el logro también se lo atribuye otro vecino, pude identificar al muchacho del sexto C cambiando unos tacos de aguja por unas pantuflas en el séptimo piso. En resumen, doctor, no sabemos qué hacer para terminar con este martirio.

–Nunca está de más preguntar, pero me imagino que algún vecino ya intentó hablar con este señor para que deponga su actitud…

–Me olvidé de contarle un detalle. Este muchacho tiene, por decirlo así, una suerte de parsimonia.

El abogado mantuvo un silencio que obligó al hombre de anteojos a explayarse.

–Se maneja con cierta dilación.

El abogado acentuó el silencio y la frente del hombre de anteojos comenzó a transpirar unas gotas que se alojaron entre las cejas y el marco de las gafas.

–Nada le impide vivir solo y bajo sus propios medios, pero para ponerle un ejemplo, si nuestro auto funciona con una bujía por cada cilindro, el de él necesita menos de una bujía.

–¿Quiere decir que el auto de este señor tiene un rendimiento más óptimo? — preguntó finalmente el abogado.

­­–No, no, no, no, no, todo lo contrario, el auto nuestro, en comparación con el de él, tiene un rendimiento más óptimo.

–Discúlpeme, no lo estoy siguiendo –dijo el abogado y apoyó las palmas sobre la mesa.

–No lo quería plantear en estos términos, pero el chico este tiene una presteza inferior a la media en el procesamiento de datos –susurró el hombre de anteojos y percutió con un dedo índice en una de sus sienes. Luego se echó atrás en el asiento y miró hacia las mesas de ambos costados con cautela.

–¡Ah, ahora lo entendí! Usted me aclara esto porque… –el abogado extendió la última vocal para dar pie a una nueva explicación del hombre de anteojos.

–Porque con otra persona, pongámosle, no me gusta decir la palabra para no segregar, pero con otra persona del mismo rango dinámico, los términos serían otros, no sé si me explico.

El abogado frunció el ceño.

–Lo que me está queriendo decir es que si el vecino travieso tuviera el mismo abanico de posibilidades que el resto, habría alguna manera de enfrentarlo sin llevar este tema a la Justicia.

–¡Exactamente! –respiró aliviado el hombre de anteojos.

–Si hubiera igualdad de condiciones con el vecino, yo tampoco le recomendaría enfrentarlo en otro lugar que no fuera Tribunales, quiero que eso quede claro.

–No, no, sí, sí, por supuesto. En mi edificio somos gente civilizada, con la excepción de este chico, claro está.

–Bueno, mire, le voy a dar mi visión legal del asunto. Este señor, por una cuestión de ingenio involuntario, ha sido capaz de esquivar toda tipificación penal. Lo que está haciendo con las pertenencias de sus vecinos no califica como robo, puesto que los bienes están ahí, a la vista de todos los vecinos, en los espacios comunes del edificio. Otra cosa sería que lo agarren, como se dice, con las manos en la masa. Pero dudo que un juez acepte un caso de un señor como el que me describió por cambiar un felpudo de lugar. Tampoco considero que la situación pueda ser encuadrada en un caso de acoso. Principalmente porque no hay ninguna amenaza directa ni indirecta, ni el uso de la fuerza o el abuso verbal. Esto quiere decir que muy probablemente, y más allá de la vergüenza típica de ser llevado a un juzgado por un tema como este, el señor que mantiene en vilo al edificio saldría incólume de cualquier tipo de acusación penal. Como le dije anteriormente, jamás le recomendaría enfrentar a este señor de otra manera que no fuera con un juez de por medio. Hay otros abogados que, como sucede en las propiedades intrusadas o en otro tipo de inconvenientes domésticos a los que no llega el brazo de la ley, recomiendan contactar a ciertos agentes de la comunidad gitana del Bajo Flores que se encargan de solucionar este tipo de infortunios. Jamás verá salir de mi boca una recomendación semejante.

­–No hace falta que lo aclare, doctor, nunca pensaría una cosa semejante de usted.

–Lo encomiendo entonces a que aprenda a convivir con este contratiempo. Me puedo figurar lo engorroso que puede ser encontrarse cada semana con el paraguas o el felpudo equivocado. Pero llevar este tema a la Justicia, gastar más dinero como el que gastó en esta consulta y arriesgarse a que el tema sea llevado a la esfera pública con la característica victimización que se construye en los medios de comunicación sobre este tipo de personas, quizás sea un costo que usted ni sus vecinos estén dispuestos a pagar. A lo mejor si le dejan de prestar atención, el señor bromista se detiene de una buena vez.

–Tiene usted razón, doctor. Voy a comentar sus consejos en la próxima reunión de consorcio –dijo el hombre de anteojos y pagó la cuenta.

Luego del apretón de manos fuera de la cafetería, el hombre de anteojos hizo su última consulta.

–El Bajo Flores me dijo, ¿no?

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