A los seis años me tenían que sacar las amígdalas y el médico me dijo que iba a poder comer todo el helado que quisiera después de la operación.

Sentí que me estaban dando un premio gigante a cambio de nada. Porque no sabía para qué servía eso que me iban a sacar, ni la forma que tenía, ni dónde estaba, ni cómo se pronunciaba. Si me hubieran dicho que me iban a sacar un dedo y como consuelo iba a poder mirar televisión toda la noche, habría salido corriendo.

Pero esto era diferente, me decían que ese asunto no me iba a afectar en nada. Yo no me ponía a pensar que por alguna razón el cuerpo humano venía con las amígdalas incluidas y que alguna consecuencia tendría que pagar por no tenerlas.

Después perdí la inocencia, no fue un martes o un día en especial, sino cuando empecé a sospechar que las cosas buenas no vienen gratis. Ahora siempre desconfío y creo que en algún momento tendré que pagar. Antes sólo me importaba el helado.

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